Tanque de Ideas

Blog de la Sociedad

La Universidad y la crisis: la oportunidad para una transformación necesaria

La crisis: financiera, económica, laboral, institucional e incluso moral

No existe hoy palabra más recurrente en todo debate que la inevitable crisis que al parecer ha llegado para quedarse al menos un excesivo tiempo y de momento tenemos que aprender a convivir con ella y a plantearnos cualquier análisis teniendo en cuenta su apremiante realidad. La crisis, una vez más, como ya ha ocurrido en otros momentos, era inevitable tras los excesos vividos. Con ingenuidad o con mala intención, los responsables económicos compartieron con los políticos la falacia de la auto-regulación de los mercados. Nunca se había demostrado que la tal auto-regulación fuese eficaz; por el contrario, los mercados no regulados se suicidan, se destruyen a sí mismos, o quizás es mejor decir que nos destruyen a los demás.

Pero esta destrucción, una gran desgracia para nuestro tiempo, es muy propia del capitalismo, como algún ilustre economista hace tiempo señaló: es esencial al capitalismo la llamada “destrucción creadora”, la capacidad de reinventarse, de transformarse y presentarse de nuevo bajo una realidad más elaborada. Para esta reinvención me permitiría sugerir que pensemos en otras pautas de consumo; quizás, por ejemplo, deberíamos consumir más ideas y menos productos y servicios.

A Albert Einstein se le atribuye la siguiente referencia sobre la crisis: “No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a las personas y los países, porque trae progresos. La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis donde nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias ... … Hablar de crisis es promoverla y callar en la crisis es exaltar el conformismo … … Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla”

Lo peor de la crisis que venimos padeciendo desde hace al menos cuatro años no es la destrucción de riqueza y de puestos de trabajo; lo peor es que con la crisis se ha producido una quiebra moral del mundo económico y de la actividad política, se está destruyendo la cohesión social y los valores de convivencia que la sustentan. El capitalismo, tal como durante cuatro décadas tras la segunda guerra mundial se desarrolló en el mundo occidental, ha perdido su sentido. A partir de los años ochenta ha venido generando una distribución de la renta escandalosamente desigual. Atrás dejó el estado social y democrático de derecho, el bienestar creciente y las políticas redistributivas, la justicia social, en definitiva la equidad como base de la sociedad y con ella la vieja ética calvinista del esfuerzo, el trabajo y la responsabilidad individual y colectiva. Por el contrario lo que ha ocurrido, al menos en las dos o quizás tres últimas décadas, es el impulso a la especulación, el aplauso a la sobredimensión financiera de la economía, la explosión del libre albedrío, la obtención inmediata del beneficio más abusivo, la desregulación, la desaparición de la prudente banca clásica que mantenía los razonables riesgos en sus balances, la llamada “innovación financiera” que no es sino expandir los excesivos riesgos contraídos en las burbujas a todo el mundo, o dicho con el título literario de Tom Wolfe , “La hoguera de las vanidades” (por cierto, su novela es de 1987, es decir, nos avisó con tiempo).

En la crisis estamos y en la crisis seguimos, al parecer por bastante tiempo. De la salida de la crisis poco podemos hablar. Dejemos el debate sobre la salida de la crisis para los expertos pero me permito apuntar dos cosas: la crisis es política y la respuesta deberá ser política y segundo, a la crisis global solamente se responde con soluciones globales. Parece un hecho que cada día que pasa se confirma que la bancarrota económica es también bancarrota política y moral.

Pero la crisis, que lo es, con todas estas dimensiones financiera, económica, política, institucional y moral, a cada cual más grave, va acompañada de un cambio histórico, de una revolución tecnológica: la implantación masiva de las nuevas tecnologías en todos los ámbitos desde la vida personal a la actividad económica, la comunicación, la creación, distribución y acceso a la cultura, el ocio y el entretenimiento o las relaciones sociales. Y esto ya no es una crisis, es un nuevo “renacimiento”, por muchos comparado al salto histórico que se produjo en el siglo XV a través de la imprenta sobre la que se construyó la era moderna.

La Universidad y la destrucción creadora: repensar qué es y qué debe hacer la institución

En este entorno de crisis múltiple y global, se requiere poner en práctica la destrucción creativa; es la gran oportunidad para salir del estancamiento y parálisis en el que nos encontramos como sociedad. Nunca se debe desaprovechar una crisis; es el momento para repensar la universidad, su papel en la crisis, sus profundas reformas para responder a las demandas sociales. La respuesta que se pide desde múltiples instancias es la puesta en marcha de las denominadas “reformas estructurales” y varias de ellas ya están iniciando su desarrollo tanto en Europa como en España.

En nuestro país en los últimos meses, tanto el anterior gobierno con miramientos y timidez y el actual con mayor determinación y ambición, han impulsado, con el viento a favor de los requerimientos exigidos desde las instituciones europeas, reformas estructurales de calado en ámbitos como el presupuestario, fiscal, bancario y laboral, entre otros. Todo ello es bienvenido por necesario y dará sus resultados, más a medio y largo plazo que a corto; de inmediato se aventura más recesión, más desempleo, minoración de las rentas, en definitiva ya que no podemos devaluar la moneda común que compartimos, devaluamos nuestro nivel de vida, de consumo y riqueza, de bienestar social. Independientemente de lo que nos puedan parecer estas reformas, y seguro que encontraríamos opiniones de todo tipo, quizás podemos encontrar un punto de encuentro sobre la gran ausente en este debate político-social.

No se ha planteado y nada parece indicar que se vaya a plantear, una reforma estructural apremiante, insoslayable e imprescindible para el futuro de nuestra sociedad: la reforma de la universidad. Y no me refiero a una enésima reforma legislativa, a demandar otra “reforma de la reforma” de la LOU, me estoy refiriendo, con independencia del instrumento normativo que pueda requerirse, a una reforma de la estructura, funcionamiento y, más profundamente, de la razón de ser de la universidad. No voy a detallar los contenidos de esta reforma universitaria como reforma estructural; ello desbordaría mi capacidad de análisis y competencia, otros serán quienes la formulen. Pero sí quiero compartir con Actualidad Analítica una pregunta a la que estamos obligados a dar respuesta, especialmente si la LOU surgió hace 11 años como una ley de la sociedad para la Universidad dotándola de mayores competencias y autonomía. La Universidad, en su estado actual en nuestro país, ¿da respuesta a los problemas de la sociedad a la que debe servir, responde a su función esencial, ha asimilado la aceleración a la que evoluciona nuestra sociedad?

Antes incluso de abordar esta pregunta, pensemos por ejemplo en la posición de las universidades españolas en los “rankings” universitarios internacionales. Las limitaciones y el propio sesgo que pueden arrastrar cualquiera de estos estudios, no debiera evitar el análisis de las razones por las que nuestras universidades no ocupan puestos de primacía. En su conjunto, la Universidad española no está al nivel internacional ni al esperado de su entorno europeo. No parece que el actual modelo universitario esté encaminado a la excelencia, y buena prueba de ello es que nos hayamos inventado un concepto propio de excelencia universitaria para satisfacción de propios más que de terceros. Resulta ilustrativo el comprobar que ninguna Universidad española aparece entre las 100 primeras en el área de Economía mientras que al menos dos Escuelas de Negocio españolas lo están entre las 15 primeras del mundo. En el área de Química, dos universidades aparecen entre las 100 primeras, en el tercer y último cuartil respectivamente (AWRU, 2010) quedando sólo una en el 2011. La primera universidad española que globalmente aparece en un ranking internacional de entre 500 instituciones lo hace más allá de la posición 200 (AWRU, 2011).

En este contexto, mi respuesta al interrogante sobre el rol actual de la Universidad es negativa y solamente apuntaré algunos elementos de análisis que constituyen mis personales razones para no creer que nuestra institución está hoy a la altura de lo que la sociedad demanda. Empezaré por la vía negativa, descartando lo que ya no podemos hacer. No podemos, lo hemos hecho en múltiples ocasiones, demandar más recursos económicos. Esta demanda ha dado sus frutos en el pasado. La sociedad, nosotros mismos como ciudadanos contribuyentes, le ha dado a la institución universitaria recursos crecientes, al menos durante las tres últimas décadas. En la crisis actual no se pueden demandar más recursos porque ello conllevaría retirar esas cantidades de otras apremiantes necesidades sociales que hay que atender. Pero con ser válido este argumento, atender otras demandas, no sería suficiente; siempre cabría plantear el debate sobre los destinos alternativos de unos recursos públicos y su mayor eficiencia y rentabilidad social. Mi posición no es entrar en ese debate sino en otro que formulo en los siguientes términos: asignar recursos adicionales a la universidad, sin un profundo cambio de su función y estructura, solamente serviría, tal y como están las cosas (que tienden a perpetuarse) para sobrealimentar una autonomía desbocada y engordar, hasta una dimensión mórbida, las propias y perniciosas burocracias internas necesitadas de una severa dieta de adelgazamiento. Por el contrario, aparquemos los recursos y la autonomía y establezcamos como cualquier organización el objetivo prioritario, estratégico que debemos alcanzar y diseñemos el plan de acción que nos asegure su logro. Desde mi percepción más personal, este objetivo estratégico se puede limitar actualmente a frenar el proceso de degradación de la universidad, a recuperar una buena parte de su investigación exiliada en institutos o parques nutridos con capacidades universitarias, a desmaquillar la docencia de una desproporcionada metodología y burocracia que no deja transpirar los contenidos, o a buscar modelos de gestión y autogobierno más eficientes en el gasto público y en los que la responsabilidad social penetre en la toma de decisiones. Por desgracia en España tenemos muchas, excesivas universidades.

Eso sí, nos hemos cuidado de cubrir esta triste realidad con un manto sagrado de protección: la hueca argumentación retórica sobre los niveles de “excelencia”, retórica que comparten y en la que se encuentran muy cómodos tanto los sucesivos responsables políticos como los gestores de la comunidad universitaria. Ni que decir tiene que hablo en todo momento de la universidad como institución, como estructura organizativa, al margen de los excelentes profesionales que en ella desarrollan su actividad docente e investigadora.

La reforma estructural: nuestra responsabilidad como institución

Para abordar esta reforma estructural de la universidad hay que dar respuesta a dos cuestiones muy simples: “qué es” y “qué debe ser” esta institución. La cuestión sobre el “qué”, es una indagación sobre su naturaleza; y la universidad no es otra cosa que un “servicio público”; un servicio público al que podemos apellidar de primordial, básico, garantía de futuro, de progreso, etc. etc. Es un servicio público que sirve, no a quienes en ella trabajamos, sino que sirve a la sociedad en su conjunto, pequeño detalle que por lo general pasa desapercibido. Este servicio público forma a futuros profesionales para su inserción en la sociedad, en primer lugar como ciudadanos cultivados, y en segundo lugar como los profesionales que demanda un entorno laboral cambiante, global, crecientemente competitivo, de gran dinamismo en uno de los mayores momentos de celeridad de la historia.

La respuesta a “qué debe ser” la universidad la encontramos analizando su función.

La función de la universidad es crear y transmitir conocimiento, generar nuevas ideas, desarrollar la capacidad de pensar, dotar a los alumnos de una racionalidad crítica como herramienta de validez universal, cultivar su inteligencia, favorecer la creación y la innovación, enseñarles a cocinar y pescar, no regalarles la sobreabundancia de los panes y los peces en forma de miríadas de créditos y otros reconocimientos.

Pero volvamos a pisar el terreno de la humilde realidad de nuestra universidad. Hoy tenemos ante nuestros ojos una institución aislada del mundo en general y del productivo y laboral en particular, pero muy feliz en su endogamia localista desde la que vislumbra el amplio territorio que le ofrece su campanario. Y lo peor es que se muestra dinámica y activa; pero dirige sus esfuerzos hacia su mundo interior, a reforzar sus estructuras orgánicas, a crear recurrentes puestos que facilitan una muy dudosa carrera universitaria. Y en los últimos cuatro o cinco años, especialmente fervorosa en la elaboración de guías docentes o equivalentes y en la homologación numérica de ECTS sin la más mínima consideración a los contenidos. Todo ello bajo el paraguas de la convergencia con Europa y al que se le ha añadido en este país la “innovación docente” con tanta devoción académica de algunos, que muchos han diluido el “qué enseñar” con el “como enseñar”, haciendo de la metodología docente la piedra filosofal del conocimiento, destrezas y competencias y minorando el arduo proceso hasta el conocimiento como algo ajeno a la enseñanza superior.

La consecuencia de esta hipertrofia burocrática y alianzas internas asociadas, de la primacía de la forma sobre el fondo, es la expulsión de cualquier elemento que obstaculiza la endogamia y el “business as usual”. Se expulsa de la organización a investigadores externos que proceden de otros entornos profesionales que no son estrictamente “universitarios”, a quienes se les dificulta la capacidad de acceder y simplemente cooperar con la universidad; y si logran alguna vía de acceso sufren lo indecible para prolongar su colaboración. Pero también se margina a profesionales propios que persisten en la docencia en blanco y negro, o a los que son refractarios al cambio sin reflexión ni revisión. Y mientras prosperan quienes dedican su esfuerzo, no a las actividades de docencia e investigación, sino a un dudoso “cursus honorum” en múltiples puestos de carácter burocrático que permiten establecer alianzas y apoyos para copar cargos de naturaleza electiva. El resultado es una perversa endogamia que degrada la calidad de la universidad; se nace, vive y muere en la misma universidad; no se conoce otra realidad, otra organización profesional, otro mundo laboral. En un mundo que se hace global, las universidades, en contradicción con su propio nombre y su tradición, se convierten en entes locales.

Aprovechemos este momento, dejemos de hablar de crisis, de recursos y de autonomía, estrujemos nuestra imaginación y provoquemos la de otros, renovemos nuestro espíritu crítico para abordar la construcción de una renovada institución. No es una opción, es una responsabilidad. Europa ha encontrado consenso en el papel de la Enseñanza Superior en los próximos años y la Estrategia Universidad 2015 así lo ha anticipado. No olvidemos el principio de subsidiariedad en política de educación y evitemos que la Universidad española solo articule cambios normativos sin entrar de lleno en el fondo de la cuestión. Este puede ser el momento.

* El objetivo de esta reflexión no es más que suscitar un debate sobre la institución y la oportunidad que se nos brinda en un entorno de crisis global para que la Universidad recupere su función de servicio público de la sociedad y para la sociedad. Por ello invito a que cualquier lector que quiera participar en este debate, envíe sus aportaciones o reflexiones en el “tanque de ideas” abierto en la web SEQA o en el propio Boletín.

 

Comentarios 1

 
Elena en Martes, 17 Abril 2012 18:35

El número de Abril de la Revista Claves incluye un excelente artículo de Emilio Lamo de Espinosa: La Universidad española: entre Bolonia y Berlín.

¡¡Imprescindible!!

El número de Abril de la Revista Claves incluye un excelente artículo de Emilio Lamo de Espinosa: La Universidad española: entre Bolonia y Berlín. ¡¡Imprescindible!!